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11 Mayo 2026

El atlas cerebral del olfato

La identificación de un mapa espacial del sistema olfativo cambia la comprensión de este sentido y abre nuevas vías para estudiar la anosmia, la memoria y enfermedades neurodegenerativas.

Hay aromas capaces de transportarnos décadas hacia atrás en segundos. El perfume de una persona, el olor a lluvia o el café recién hecho, pueden desencadenar recuerdos. A diferencia de otros sentidos, el olfato parece acceder de manera directa a experiencias profundamente arraigadas, generando una conexión única entre percepción y cerebro [1].

Durante años, la neurociencia consideró al sistema olfativo como una excepción dentro de la organización sensorial. Mientras la visión, la audición y el tacto poseen sectores anatómicos definidos que ordenan la información desde la periferia hacia el cerebro, la capacidad de oler parecía funcionar sin una estructura clara [2].

Esta idea comenzó a cambiar tras la publicación de un estudio en la revista Cell del año 2026, que logró construir el primer mapa detallado de los receptores olfativos, demostrando que las neuronas de la nariz no están distribuidas al azar, sino organizadas en patrones altamente precisos [2, 3, 4]. Este hallazgo ha sido descrito como un cambio de paradigma en la comprensión del olfato, al revelar que su organización es mucho más estructurada de lo que se pensaba [3].

Un mapa invisible

El trabajo fue liderado por Sandeep Robert Datta, profesor de neurobiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, quien junto a un equipo de investigadores analizó más de 5,5 millones de neuronas olfativas provenientes de 300 ratones mediante secuenciación unicelular y transcriptómica espacial [2, 4].

Hasta ahora, el modelo predominante proponía que los cerca de 1.100 receptores existentes se distribuían de forma relativamente aleatoria dentro del epitelio nasal [2]. Sin embargo, demostraron que cada uno posee una localización específica y consistente entre individuos [2]. 

Además, observaron que estas neuronas se organizan en franjas superpuestas dentro de la nariz y mantienen ese mismo patrón al conectarse con el cerebro, creando un verdadero "mapa de los olores" [2, 3, 4].

Uno de los hallazgos más relevantes fue identificar al ácido retinoico como uno de los principales reguladores de esta organización espacial [2, 4]. El equipo comprobó que existe un gradiente de esta molécula a lo largo de la cavidad nasal, capaz de influir en qué receptor expresa cada neurona. Experimentalmente, al modificar sus niveles, el mapa completo se desplazaba hacia regiones superiores o inferiores del epitelio nasal [2].

El estudio también descubrió cerca de 250 genes involucrados en esta arquitectura, incluyendo factores de transcripción y moléculas relacionadas con orientación neuronal [2, 4]. Según los autores, esto demuestra que el olfato posee un nivel de organización anatómica comparable al de otros sistemas sensoriales [2, 4].

Otro aspecto clave fue comprobar que la ubicación de los receptores predice exactamente el lugar del cerebro al que se conectarán [2]. Esta continuidad topográfica entre órganos sugiere que la percepción de los olores sigue rutas neuronales mucho más precisas de lo que se pensaba [2, 3, 4].

Potencial clínico

La identificación de este fenómeno abre un nuevo escenario para la medicina del olfato y la neurología. Hasta ahora, su pérdida o alteración -frecuente en infecciones respiratorias- se consideraba parte del cuadro, sin posibilidad de intervenir de manera dirigida sobre sus componentes específicos.

Con este modelo, la anosmia deja de entenderse como un fenómeno homogéneo y pasa a ser concebido como una alteración localizada dentro de una arquitectura precisa. Esto permitiría desarrollar estrategias de reparación más focalizadas, por ejemplo, mediante regeneración dirigida de neuronas olfativas según su posición dentro del epitelio nasal, o modulando los gradientes moleculares responsables de su organización, como el ácido retinoico [2, 4].

El hallazgo también podría tener implicancias en enfermedades neurodegenerativas. El sistema olfativo es uno de los primeros en afectarse en patologías como el párkinson o el alzhéimer, convirtiéndose en una posible ventana de acceso temprano a cambios cerebrales aún subclínicos [1]. 

En el ámbito de los trastornos neuropsiquiátricos, la organización precisa de estas rutas también plantea nuevas hipótesis. Dado que los olores están estrechamente vinculados a la memoria y la emoción, comprender su "cableado" explicaría por qué ciertos aromas desencadenan respuestas afectivas intensas en algunos trastornos [1].

En este contexto, el nuevo mapa no es solo una descripción anatómica más completa, sino un punto de partida para pensar en nuevas terapias en neurología, basadas en la estructura de este sistema [2, 4].

Referencias:
[1] McDonough, M. (2024). The connections between smell, memory, and health. Harvard.edu. https://magazine.hms.harvard.edu/articles/connections-between-smell-memory-and-health?utm_source=chatgpt.com
[2] Brann, D. H., Tsukahara, T., Tau, C., et al. (2026). A spatial code governs olfactory receptor choice and aligns sensory maps in the nose and brain. Cell, 189, 1–22.
[3] Deutsche Welle. (2026). Primer mapa de los receptores olfativos de la nariz revela sorpresas sobre el sentido del olfato. https://magazine.hms.harvard.edu/articles/connections-between-smell-memory-and-health?utm_source=chatgpt.com
[4] Gallardo, A. (2026). Investigadores de Harvard crearon un mapa del olfato: cómo la nariz organiza miles de receptores de olor. Infobae. https://www.infobae.com/america/ciencia-america/2026/04/28/investigadores-de-harvard-crearon-un-mapa-del-olfato-como-la-nariz-organiza-miles-de-receptores-de-olor/

Por María Ignacia Meyerholz

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